La decision de abandonarse y perderse

Como seres humanos individuales, en algunos momentos de nuestra cortísima existencia -considerando la aparición del hombre en la Tierra- nos preocupamos por lo que pasará mañana. En este mismo espacio hemos afirmado la necesidad de elaborar un plan de vida acorde con nuestra realidad para, de alguna manera, sujetarlo a nuestras metas y cumplimentarlo con prevención y proyección.

La decisión de abandonarse y perderse

Eulalio López García y Manuel Pérez Bailón

¿Por qué no?
Como seres humanos individuales, en algunos momentos de nuestra cortísima existencia --considerando la aparición del hombre en la Tierra-- nos preocupamos por lo que pasará mañana. En este mismo espacio hemos afirmado la necesidad de elaborar un plan de vida acorde con nuestra realidad para, de alguna manera, sujetarlo a nuestras metas y cumplimentarlo con prevención y proyección.

Sin embargo, de improviso, y como de la nada, surge la pregunta ¿puedo, de repente, olvidarme de todo y vivir el día de hoy sin pensar en el mañana? No estamos en desacuerdo con la respuesta afirmativa, al contrario, consideramos sano y válido que de vez en vez nos abandonemos a la idea del día de hoy y nos perdamos en la simple cotidianidad de un día más en nuestra vida, sin importarnos si lo que hacemos hoy puede influir en lo que tenemos trazado para nuestros futuros inmediato y mediato.

A veces, la propia naturaleza humana nos tienta para hacerlo de esta manera. Nos presiona, nos impulsa, nos motiva a que, en un momento, olvidemos todo lo racionalmente aprendido y nos dejemos llevar por el deseo, la pasión, el gusto de ese día común e intentemos lo posible por hacer cosas que aparentemente no nos darán fortaleza en la construcción del futuro.

En este sentido, la parte emotiva juega el papel más importante y le gana la partida a nuestra parte racional. Claro, no es un juego para ver cuál gana y cuál pierde, sino que es, justamente, la búsqueda del equilibrio entre esas dos partes integrales e indivisibles del ser humano. Es simplemente, un proceso de negociación interna en que, además de decidir abandonarnos y perdernos en ese inmenso placer emocional, nos da la oportunidad de sacar a flote mucho de las privaciones y continuar con la incesante búsqueda de nuestra propia globalidad y desarrollo personal.

¿Cuál es el precio?
Este deseo de abandonarse y perderse tiene su precio obviamente: Ninguna comida es gratis. Cuando queremos satisfacer ese deseo, ese gusto, ese impulso y decidimos vivir esa aventura de satisfacernos hoy sin importar el mañana, debemos concientizar el riesgo que representa la decisión y el precio que debemos pagar --si no es hoy, será mañana-- por cumplir esa alegría y satisfacción personal.

Ese precio puede ser muy alto, porque puede influir no sólo en nuestro plan personal, sino en nuestro plan profesional, de pareja y/o familiar. Ese es el riesgo precisamente.

No creemos que debamos olvidar esa idea valiente del plan al corto plazo, es más, debemos reforzarla; es parte del plan personal de vida, pero sí debemos ser claros en que ese riesgo también debe ser planeado.

Lo que sí es digno de considerar es la importancia de esta decisión. Debemos darle el peso justo y no sólo dejarnos llevar por la pasión. Echémosle un poco de cerebro; reflexionemos pues y si estamos dispuestos a correr los riesgos inherentes a ese tipo de decisiones aisladas, de desenfado y un tanto de valentía y escape de nuestra conservadora rutina racional, corrámoslos, ¡vale la pena!, pero midámoslo y actuemos en consecuencia.

No va en contra del plan de vida personal
Esas formas del plan a corto plazo, esta decisión a muy corto plazo de abandonarnos y perdernos podemos compararla como una dieta; ésta puede ser rígida o flexible: si es rígida, no puede, no debe romperse, porque no funcionaría. Si es flexible, de vez en vez podemos darnos el gusto de romperla y después regresar al camino trazado.

De la misma manera, si nuestro plan de vida es rígido, nos acotará y limitará; nos impondrá una visión absolutista y nos indicará un sólo camino. Lo que supone una línea recta de la cual no podemos, no debemos desviarnos. No es así. Ese plan es por supuesto flexible. Podemos, de vez en vez, darnos una oportunidad, un respiro, un descanso, un momento de desenfado que nos ayude a reflexionar sobre el trecho andado; que nos brinde toda la energía necesaria para poder continuar con la línea trazada o, en su caso, nos ayude a recomponer los caminos por los que habremos de andar.

Si bien es cierto que el plan a largo plazo es necesario para ir definiendo nuestro propio futuro, también es cierto que el presente es sumamente importante: de él depende el futuro. Por ello, debemos ser cuidadosos en esas decisiones, pero sí, llevarlas a la práctica de vez en vez.

Además, qué rico que nuestra parte afectiva, nuestra parte sensible esté alerta y buscando esa oportunidad de abandono del ser, para colocarnos en nuestro justo equilibrio con la parte racional y despertar esa humanidad que nos incremente la calidad de vida personal.

 

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