La percepción y el conflicto

La forma en que cada individuo percibe la cotidianidad depende de cómo procesa la información a partir de su muy particular estructura cognitiva, además de la innegable influencia que tienen las experiencias, los valores y las actitudes aprendidas a lo largo de su vida.
Los estímulos externos percibidos por los sentidos desatan en nuestro organismo una serie de procesos de diversa índole,

La percepción y el conflicto

Eulalio López García y Manuel Pérez Bailón

La forma en que cada individuo percibe la cotidianidad depende de cómo procesa la información a partir de su muy particular estructura cognitiva, además de la innegable influencia que tienen las experiencias, los valores y las actitudes aprendidas a lo largo de su vida.

Los estímulos externos percibidos por los sentidos desatan en nuestro organismo una serie de procesos de diversa índole, que a su vez influyen en nuestras reacciones diarias. De ahí que se podría decir que estamos condicionados por nuestra propia personalidad --en parte innata y en parte aprendida-- para responder a esos estímulos.

Percepciones contrarias pueden provocar intolerancia
Es natural, entonces, que dos individuos reaccionen en forma distinta a un mismo hecho o a una misma situación, incluso, en forma contraria. En otras palabras, cómo reaccionen a ese hecho dependerá de los esquemas mentales de cada uno.

Las decisiones diarias están basadas en la propia percepción y son tomadas muy fácilmente, puesto que tienen que ver con una particular y personal forma de mirar las cosas.

Sin embargo, un conflicto en las relaciones humanas puede aparecer cuando una idea no es compartida por dos individuos, o cuando un mismo hecho es interpretado en forma distinta por esas personas. Las diferencias forman parte de las relaciones humanas y la diversidad de opiniones es aceptable cuando se discute con madurez y se llega a un acuerdo o a una negociación. Pero cuando una parte mantiene su propia visión, su propio paradigma, y se muestra intolerante con la otra parte, al defender su realidad, al no escuchar y no atender ni entender que puede haber diversas interpretaciones de un mismo hecho, entonces se produce un conflicto.

En las relaciones de trabajo, por ejemplo, éste es un hecho cotidiano; las costumbres arraigadas, el clásico "siempre lo he hecho así, siempre he pensado así o siempre he actuado así" crean entre los individuos barreras que son difíciles de derribar. En algunos casos, la brecha generacional y el conservadurismo se oponen al cambio, y provocan una lucha por ganar la batalla, buscando la satisfacción personal e impidiendo ver más allá de la propia realidad, de la propia percepción. El resultado aparente es la satisfacción para el ganador y la frustración para el perdedor. Pero la realidad es perder-perder. Realmente nadie gana; es más, no se trata de ganar o perder, se trata de convencer, de consensuar, de tolerar, de negociar, de convivir. ¡Ah!, qué difícil puede ser la convivencia entre los individuos.

¿Cómo actuar?
En la eventualidad de un conflicto provocado por la distinta percepción de dos individuos y su respectiva intolerancia, consideramos tres momentos importantes: antes, durante y después del conflicto.

Si no demostramos inteligencia, serenidad y mesura, corremos el riesgo de explotar durante el conflicto y experimentar, más tarde, ese sentimiento de frustración que ya se ha mencionado. Sentimiento que nos impedirá desarrollarnos adecuadamente, porque veremos a la contraparte con resentimiento, y las relaciones se debilitarán llegando incluso a romperse, ya que se buscaría la forma de sacar esa frustración y, tal vez, no sería la más adecuada, afectando así nuestro desarrollo.

Sin embargo, si nos preparamos ante el conflicto --que puede estar latente en todo momento--, seremos capaces de manejar la situación y el después no existiría, porque ya sabemos que él o ella, piensan diferente a nosotros, perciben la situación de manera distinta, tienen sus propios paradigmas. El poder de ese conocimiento nos ayudará a ser más tolerantes y no desgastarnos en discusiones inútiles que lo único que nos dejarían es un sentimiento de frustración que puede conducirnos por caminos difíciles y, en algunas situaciones, irreversibles, como las adicciones a drogas u otras.

Es un hecho que el conflicto siempre estará presente, esperándonos para debilitarnos y frustrarnos. Negarlo podría provocarnos inseguridad y una aparente calma que se ahogaría en nuestro ser interior y nos impediría ver la situación con objetividad, manifestándose esa tensión en cualquier momento y, tal vez, con mucha más fuerza.

Nos queda entonces una salida responsable: prepararnos para enfrentar un posible conflicto. Esta preparación está al alcance de todos los seres humanos. Sólo es cuestión de reflexionar sobre la ventaja que proporcionaría no evitar el conflicto, sino más bien enfrentarlo con inteligencia, responsabilidad y mesura.

 

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