Alicia en el país maravillosamente tóxico

Artículo publicado en el 1er número de la revista LiberAddictus (antes Addictus) en marzo de 1994.

En esta sección de Addictus nos atreveremos a abrir el Armario y sacaremos cada vez un trebejo, quizás olvidado o negado para compartirlo. Se trata de ciertas especulaciones morbosas para algunos, creativas para otros, o como la plusvalía del ocio que nos permite esta sociedad posmoderna.
La cultura tóxica ha invadido casi todos los campos de la vida cotidiana, al grado de que una ama de casa (de esas inocentes por supuesto) hace diez años no sabía con precisión cómo se consumían ciertas drogas y sus efectos. Ahora es normal rentar una película y ver en la tranquilidad del hogar un zafarrancho terrible por el dominio y control de la droga, así como su forma habitual de consumo.

Esta cultura de al droga ha crecido en forma desproporcional si se le compara con una cultura de la prevención o de la rehabilitación, o si fuéramos más allá, con una cultura ecológica, cívica o jurídica, o una cultura de la salud —la cual queda rezagada al paso de la modernidad— que podría quedar plasmada en el discurso de un Punk europeo radical que dice más o menos así: ¡Un punk nunca muere... viejo!. En fin, por algún lugar teníamos que empezar, la cosa es que en este espacio seremos más fresas aunque mal pensados, que Lewis Carroll, Andersen y hasta Gabilondo Soler el gran "Cri-Cri", pasando por Disney, Uderzo y Goscinny, entre otros.
En el ámbito musical y de la literatura, encontraremos referencias en algunos casos abiertas y en otros más veladas de esta cultura.
Uno de los libros más leídos y citados en el mundo anglosajón es el de Alicia en el país de las maravillas, una obra sugerente con relación a los delirios más extraños. El autor Carroll (Charles Dodgson, llamado Lewis), matemático y cuentista inglés, a finales del XIX nos invita a un verdadero viaje que después fue y ha sido enaltecido por otros campos del arte, como el diseño y diversos admiradores de la vida fantasiosa. Alicia pasa en un instante por mutaciones de la realidad y metamorfosis de su propio ser que, sin embargo, están siempre ligadas entre sí por explicaciones perfectamente lógicas, de forma que la mente no se rebela, sino que se maravilla ante el caleidoscopio anímico.
Pero gran parte de lo que sucede en este país de maravillas debe ser mirado desde esa cultura tóxica y con bastante desconfianza, ya que se encuentra rodeada de sustancias tóxicas, a saber: el hongo que aparece no sólo en este cuento sino en otros más en los temas europeos es el Amanita Muscaria. En particular, el tipo eurasiático tiene un hermoso sombrerillo de color anaranjado intenso o rojo sangre, moteado con escamas blancas. Se dice que los extraños efectos que produce tal vez indujeron en el hombre las primeras ideas sobre la divinidad. Las tribus primitivas (Hukchee, Koryak y Kanchandall) del noroeste siberiano lo consumen desde mucho antes de conocer el alcohol. Una práctica curiosa y muy antigua de estas tribus consiste en beber la orina de los hombres embriagados con el hongo, cuyos principios activos se eliminan por ahí. Sus efectos, entre otros son: fervor religioso, manía, visiones coloridas y macropsia, o sea, ver las cosas enormemente aumentadas, situación similar a la de Alicia. El nombre en inglés de este hongo es Fly Agaric, derivado del uso que desde la antigüedad se le daba en Europa para matar moscas; al sobrevolarlo, quedan aturdidas y sucumben por lo tóxico del ácido iboténico y la muscazona que contribuye a la embriaguez. Las propiedades tóxicas de este hongo permiten a los chamanes de Siberia ejercitar un control sobre seres divinos o demoníacos que la gobiernan.
Pero volvamos al tema, no sólo existe esta sugerencia tan abierta de un tóxico en el cuento de Carroll. El personaje, Alicia, se encuentra en su camino a la lánguida oruga que está sentada fumando... ¿adivinen qué?... ¡correcto joven!, la respuesta es hashish o resina asiática de tetrahidrocanabinol Delta-9, o sea, marihuana, esa que según los villistas decían que la cucaracha no tiene o que le hace falta para caminar. En la escena del cuento, “ella [Alicia] se estiró sobre las puntas de los pies y se asomó sobre el hongo (de seguro un Psilosyve Semperviva o San Isidro para los nostálgicos sesenteros) y sus ojos se encontraron inmediatamente con los de la oruga azul que estaba ahí sentada con los brazos cruzados, fumando parsimoniosamente una gran pipa de agua sin fijarse en ella en lo más mínimo, ni en ninguna otra cosa”. Sin sugerir nada en particular, especulamos que sólo con estas sustancias se podría justificar la presencia de una locura ordenada de un notable gato de Cheshire que en forma camuflajeada acompaña sorpresivamente a Alicia, o de una liebre enalteciendo la ideología de la prisa, un sombrerero loco y constantes cambios de tamaño de la protagonista.
En la actualidad nos encontramos con todos estos personajes en la escuela, la casa, el trabajo o el club, aunque a veces se nos cruza en el camino una oruga bien pacheca a la cual a la mejor le damos la vuelta, cuando lo más predecible es que no nos ponga mucha atención.
¡Feliz no cumpleaños! Bienvenidos a Addictus.

 

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