La familia y su influencia

No hay adicto solo, puede acabar solo, pero no empezó así. La adicción tiene como cómplice el dolor y el silencio. ¿Qué familia genera un adicto a la comida? En una sociedad que impulsa el exceso y estimula la confusión en la satisfacción, es más fácil encontrar a alguien que no puede dejar de comer productos chatarra, aunque en general, hay características que propician que la adicción avance. Según Robin Norwood, existe una relación importante entre un padre alcohólico y una hija comedor compulsiva; en general, esta adicción se desarrolla en mujeres porque la adicción a la comida es más aceptada que cualquier otra, y porque el azúcar y el alcohol generan efectos anestésicos parecidos, aunque la comida no haga perder la conciencia, pero sí permite posponer lo que sucede al calmar la ansiedad. La familia es la que enseña y fortalece los lazos y los rituales y son éstos dos los que pueden ayudar a salir de cualquier adicción.

La familia y su influencia

María del Carmen Fernández Espinosa*

No hay adicto solo. Puede acabar solo, pero no empezó así. La adicción tiene como cómplice el dolor y el silencio, y empieza a socavar a la persona porque algo duele y no se puede compartir. Como dice Mario Bejos, la droga sirve primero para descubrir, después para ocultar.

¿Qué familia genera un adicto a la comida? En una sociedad que impulsa el exceso y estimula la confusión en la satisfacción, es más fácil encontrar que alguien no puede dejar de comer productos chatarra, aunque en general, hay características propician que la adicción avance.

Según Robin Norwood, autora de Las mujeres que aman demasiado (Javier Vergara, 1988), donde plantea un diagnóstico claro de lo que es la adicción a las relaciones, existe una conexión importante entre un padre alcohólico y una hija comedora compulsiva. En general, esta adicción se desarrolla en mujeres porque la adicción a la comida es más aceptada que cualquier otra, y porque el azúcar y el alcohol generan efectos anestésicos parecidos, aunque la comida no haga perder la conciencia, pero sí permite posponer lo que sucede al calmar la ansiedad.

Esta relación se da con frecuencia en hogares en los que se desarrolla alguna adicción.

Falta de comunicación de lo que realmente sucede. La comunicación se reduce a un intercambio de información. Lo que está pasando no puede decirse y entonces cada miembro busca un sitio para esconderlo o simplemente aprende a disimular, buscando la intimidad por fuera. En general esta búsqueda de intimidad es infructuosa, ya que al no conocerla en casa es muy difícil encontrarla fuera de ella. A veces se reduce a una seudointimidad.

Los límites no son claros. Se establecen en función del momento en que se encuentran los padres (enojados, resentidos, culpables, etcétera) y entonces lo que se permite hoy se prohíbe mañana, y los hijos no saben con certeza a qué atenerse. Los límites claros están dados por el amor, y proporcionan la estructura que el hijo necesita para saber por dónde caminar.

Maltrato entre la pareja o hacia los hijos. El niño aprende lo que es el amor a través de lo que ve y lo que escucha. Si los padres se tratan mal, si se devalúan uno al otro, si se descalifican, se ofenden, se reclaman, y además hacen todo esto con los hijos, la autoestima, que está basada en el autoconcepto, se deteriora y basta una crisis, como las que ocurren siempre en la vida, para que se refugie en el rincón más cercano. La comida ofrece este rincón y lo hace agradablemente.

Conducta sexual inapropiada por parte de alguno de los padres para con el hijo o la hija. La adicción a la comida está íntimamente ligada con la sexualidad. La niña empieza a engordar para tapar su cuerpo, su sensualidad, generalmente en la adolescencia, cuando se da cuenta de que despierta miradas que pueden recordarle sucesos dolorosos y atemorizantes. También en el caso de la anorexia puede deberse a la necesidad de conservar un cuerpo sin ningún atractivo. No siempre es claro lo que significa una conducta sexual inapropiada. No sólo se trata de una violación, o una seducción propiamente dicha, y puede ser tan simple como una mirada, una caricia, hacer testigos a los hijos de alguna actividad sexual, o pedirles que asuman un papel que no les corresponde, como ser "la compañerita de papá" o "el que me cuida mientras papá no está". De esta forma, los hijos hacen de pareja de los padres, y a veces comparten confidencias que pueden provocarles en una gran confusión y miedo. Un alto porcentaje de mis pacientes han sufrido abuso sexual en edades muy tempranas, incluso a los meses de vida.

Padres que viven compitiendo entre sí o con los hijos. Este comportamiento genera en los hijos una sensación de inadecuación constante, de nunca ser suficientes. Es imposible ganarles a los padres, primero porque la edad no lo permite, y después porque siempre habrá una sensación de estar rompiendo el tabú de que los padres no pierden. Cuando hay competencia se pierde la sensación de estar bien simplemente por ser uno mismo.

La sociedad consumista fomenta constantemente la competencia y enseña a los individuos a comportarse en forma irrespetuosa con los demás. Esto es muy claro sobre todo en las grandes ciudades. Cuando se conduce un automóvil, nadie quiere estar detrás. Hay que ganarle al otro aunque sólo sea para ir adelante unos metros u ocupar el carril antes que el otro. Permitir el paso a un peatón puede quitar 10 o 15 segundos, pero parece inconcebible porque se tiene mucha prisa en llegar... al siguiente semáforo. Esta actitud se desarrolla desde temprano y si en la casa se tuvo ese ejemplo, se está preparado para pisar a cualquiera con tal de llegar primero.

Rigidez extrema con respecto al dinero, al trabajo, al sexo, a la limpieza, a la política. Estos comportamientos impiden la intimidad. Se enfatiza en las reglas, no en las relaciones. La adicción a la comida sólo tapa los problemas de relaciones. Es el síntoma, no la enfermedad. Quien come de más, a pesar de lo que ello implica, en el sentido físico y emocional, es porque no ha encontrado suficiencia y abundancia en la forma en que se relaciona con los otros, sobre todo con los otros cercanos. Si en una sobremesa lo que importa es que la mesa quede limpia, los trastes lavados y los ceniceros guardados, y lo que se comparte queda en segundo término, es probable que empiece a ser más importante terminar el plato que tocar a los otros.

Estas son algunas de las características que Robin Norwood apunta para lo que ella llama una familia disfuncional, y cómo éstas propician una adicción como la compulsión a la comida.

Los miembros de familias disfuncionales pueden padecer además trastornos alimenticios, entre otras características comunes:

Necesidad de ser necesitado. Es importante comprobar que la presencia en la familia, y más adelante con los amigos y la pareja, es valorada por lo que se hace, ya que el adicto generalmente no se siente valorado por lo que es. Así, se convierte en el que está dispuesto siempre a hacer lo que otros no hacen, aunque acabe resintiéndolo y se genere mucho coraje y frustración, ya que con frecuencia los esfuerzos extras que hace no se valoran suficiente, según sus parámetros, y esto lo acallará con comida. Luego volverá a intentarlo, porque es el camino conocido, con los mismos resultados y el mismo paso final.
Voluntad de sufrir. El comedor compulsivo cree que sufriendo mucho obtendrá mucho. Está acostumbrado a privarse de lo que más le gusta: la comida, cada vez que empieza un régimen que le prohibe casi todo lo sabroso (carbohidratos y grasas). Pero no sólo sufre en esto, sino aprende que todo debe ser difícil para que valga la pena.
Esto tiene que ver también con la influencia que el catolicismo tiene en nuestra forma de vivir: sufre aquí y te premiarán allá. Como dice Gandhi, no creo que haya mayor violencia o autoviolencia que el hambre.
No saber quién se es si no se ayuda al otro. Por la misma necesidad de ser necesitados, los comedores compulsivos generalmente viven la vida de los demás, para no tener que vivir la propia. Es más fácil arreglar lo ajeno que enfrentar nuestros problemas. Por eso la frase tan sabia de los Grupos Anóminos: Vive y deja vivir.

Así, después de esbozar algunas características que se dan en las familias que generan un adicto, podemos sacar algunas conclusiones.

La adicción a la comida se desarrolla con mayor facilidad cuando:

o No se dice la verdad.
o Se pone el énfasis afuera, en vez de ponerlo en lo que importa: quiénes somos y qué necesitamos.
o Lo que manda es el grito, no la razón, y menos el corazón.
o El dolor se tapa con cualquier anestésico y se nos enseña que pasará, siempre y cuando no lo mostremos.
o El cuerpo tiene un valor exagerado.

La familia es la que enseña y fortalece los lazos y los rituales, y son éstos dos los que pueden ayudar a salir de cualquier adicción.

Nota
* Psicoterapeuta.

 

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