El papel de la comida en mi vida

Imprimir
La autora relata algunas vivencias propias con relación a la comida y revisa brevemente qué es lo que la comida como droga puede hacer, como ocultarnos lo que realmente pasa, posponer las soluciones y distorsionar la realidad. Finaliza con una reflexión acerca de que lo que necesita tu estómago está en tu cocina y lo que necesita tu corazón, no está allí.

El papel de la comida en mi vida

María del Carmen Fernández Espinosa*

Cuando era niña, una tarde, por casualidad salían todos de casa y me quedé sola. En la televisión salían Los Picapiedra a las 7:00 y los Supersónicos a las 7:30. Mientras esos dos programas pasaran sin cambio, y hubiera unos Pingüinos a mi lado, habría alguien en casa y todo estaría bien.

Cuando empecé a subir de peso, muchos años después, y empezó mi difícil relación amor-odio con la comida, no recordaba cómo desde hacía tanto, ésta había sido mi fiel compañera.

La comida es muda. No regaña, no dice que no. No contradice ni humilla. Si no engordara, sería la mejor de las compañías. Empezamos a odiarla porque vivimos en un mundo donde la delgadez es belleza y la belleza es poder. Así, ¿cómo unir este alivio que nos da, con la frustración de no podernos ver como la sociedad nos lo impone?

¿Por qué nos odiamos tanto --dice una participante del grupo-- cuando no nos queda la ropa? ¿Por qué nos decimos cosas tan horribles, como si fuéramos nuestras peores enemigas?

La comida es barata, accesible, bien vista, está presente en todos los rituales, y es deliciosa. Podemos vivir sin alcohol o cualquier otra droga, pero no podemos vivir sin comer. Es por eso que, cuando para nosotros la comida se ha convertido en una adicción, nos encontramos con un doble problema: dejar la droga sin dejar de alimentarnos.

Revisemos un poco qué es lo que la comida como droga puede hacer.

Nos oculta lo que realmente pasa
Cuando comemos más de lo que necesitamos tenemos una sensación de sobrecarga que nos impide estar bien donde estamos. Nuestra atención se centra en nuestro malestar, porque éste ocupa todo el espacio. Si estamos sentados parece que no cupiéramos en la silla o la ropa, pero no tenemos ánimos de ponernos de pie y salir a caminar. Así, el malestar nos invita a dormir. Lo que estaba ocurriendo en ese momento deja de importar. Si estábamos en medio de una discusión importante, íntima, profunda, álgida o divertida, de pronto todo pasa a segundo término. Sólo cuenta mi cuerpo y el exceso. Si éste fue producto del rompimiento de una dieta, esto es peor. Mi voz interna empieza a repetirme todo aquello que me digo cuando dejo cualquier régimen alimenticio. El odio corre por mis venas, y este proceso puede durar horas o días. El sueño generalmente me alivia un poco... hasta que despierto.

La relación con el mundo se reduce a la relación de mi fuerza de voluntad con mi cuerpo. Nada ni nadie cuenta más. Así, cualquier cosa puede dejar de ser importante. Mientras estoy comiendo, sólo tengo que decidir si me serviré un poco más o si terminaré este plato aunque no pueda más. Básicamente, la decisión tiene que ver con seguir relacionándome con los otros y asumir las consecuencias o centrar mi atención en mí misma y dejar de atender a los demás.

Es mucho más fácil vérmelas con mi peso que con mis relaciones, sobre todo con quienes convivo, ante los cuales soy vulnerable, por el amor.

De esta manera la comida empieza siendo una tentación, un bocado más, una amiga, y acaba siendo mi enemiga mientras dura el trance del odio a mí misma.

Aparentemente es más fácil manejar el odio a uno mismo que los desacuerdos, los enojos, la decepción, el dolor a causa de otro. Y mientras no tenemos los recursos para hacerlo, sí, es cierto, la comida me ayuda a ocultar la verdad, cualquiera que ésta sea.

Pospone las soluciones
Las experiencias que vivimos con otros, generalmente, nos impactan. Este impacto se registra en el cuerpo por medio de una sensación física. Cualquier sentimiento primero se percibe así. El estómago reacciona ante el miedo o el enojo, el hígado ante un gran disgusto, el pecho se expande con la alegría, los genitales se contraen ante el terror. Del impacto primero, pasamos al registro mental del significado del evento. Así, podemos nombrarlo y calificarlo, y por lo tanto reaccionar. Pero cuando no tenemos capacidad para una reacción adecuada, por sus consecuencias (como poner un límite, rechazar algo que nos duele, decir acepto, o no acepto, etcétera) necesitamos rápidamente anular estas sensaciones o sus significados. La comida puede hacer esto de forma muy rápida. El azúcar refinada, combinada con la harina y la grasa, llegarán a nuestro cerebro en forma de endorfinas que nos generarán una sensación de bienestar, un colchón de aire que nos hará parecer que todo puede ser pospuesto. Posponer las reacciones naturales en nuestras relaciones, nos impide generar lazos de intimidad, porque desfasamos lo que sucede. Lo que nos molestó el lunes lo decimos el viernes, o queremos poner un límite un mes después de lo ocurrido, o decimos algo hoy y nos contradecimos mañana. Mientras haya entre el intercambio con los demás y nosotros, una forma de posponer las reacciones, la solución a los conflictos, por obsoleta, funcionará deficientemente.

Distorsiona la realidad
Algo extraño que sucede cuando padecemos un trastorno alimenticio es que nuestra percepción de nosotros mismos puede cambiar de un día para otro. Podemos vernos al espejo el lunes por la mañana y gustarnos, y volvernos a mirar en la tarde y ver algo totalmente distinto. Nuestra percepción cambia con respecto a nuestras expectativas del peso que deseamos. El problema es que esta distorsión invade también nuestras relaciones con los demás. A pesar de no poder registrar con claridad lo que sentimos, y menos poderlo expresar, lo que hoy nos gusta oír, mañana puede molestarnos y oscilamos entre la hipersensibilidad y la rudeza, confundiendo así a quienes viven con nosotros. Como la comida es el amortiguador, podemos admitir perfectamente un tema y rechazarlo momentos después. Vivimos como en una montaña rusa emocional y la comida es el cinturón de seguridad. Sin ella pareciera que vamos a salir disparados en la siguiente curva del carrito. ¿Cómo saber entonces qué es lo que realmente aceptamos de nosotros y los que nos rodean? Si la comida circunscribe nuestras relaciones es difícil la respuesta.

Así llegamos a la pregunta inicial: ¿cuál es el papel de la comida en mi vida? Cuando hay compulsión, la comida hace mucho más que saciarme o nutrirme. Me desafoca la realidad, me confunde los significados. Llena los huecos que deberían ser llenados con muchas otras cosas: intimidad, pasión, verdad.

Por eso, cuando quieras comer y no tengas hambre física, pregúntate de qué tienes hambre: tal vez de un mejor trabajo, un verdadero amigo, una pareja, o cualquier otra cosa que la comida nunca llenará. Esta reflexión puede llevarte a satisfacer la necesidad real, aunque no pueda ser tan inmediata. Con el tiempo, la alacena te parecerá más lejana que el teléfono, para llamar a alguien, o un buen libro, o un paseo al atardecer.

Lo que necesita tu estómago está en tu cocina. Lo que necesita tu corazón, no está allí.

Nota
* Psicoterapeuta.