Hambre y conciencia ¿cuándo y cuánto?

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Hace algunos años, aparecía en la televisión un anuncio que decía: "Tú sabes cuándo y tú sabes cuánto". Este anuncio mostraba la alegría que procede a unas cuantas copas de brandy entre amigos. El "tú sabes cuándo y cuánto" era otra forma elegante de decir "todo con medida", que parece lavar las conciencias de quienes ganan millones de pesos con su Majestad el Alcohol.

Hambre y conciencia:
¿cuándo y cuánto?

María del Carmen Fernández Espinosa*

Hace algunos años, aparecía en la televisión un anuncio que decía: "Tú sabes cuándo y tú sabes cuánto". Este anuncio mostraba la alegría que procede a unas cuantas copas de brandy entre amigos. El "tú sabes cuándo y cuánto" era otra forma elegante de decir "todo con medida", que parece lavar las conciencias de quienes ganan millones de pesos con su Majestad el Alcohol.

Y esa simple frase de saber cuándo y cuánto ha traído algunos problemas a quienes nos dedicamos al tema de las adicciones.

Nacemos con la capacidad de saber cuándo y cuánto. De bebés es imposible comer de más o de menos cuando hay suficiente; tampoco se deja pasar cualquier molestia, pues inmediatamente damos el signo de alarma.

Me decía el pediatra de mis hijos que cuando lloraban podía haber cuatro razones: hambre, frío, calor, dolor. Conforme pasa la vida la medida perfecta con la que nacemos se va distorsionando: "Cómetelo todo, aquí nada se desperdicia". "Hay niños que se mueren de hambre". "Hazlo por papá y mamá". "Si dejas de llorar te doy un dulce". "Es la hora de comer".

La necesidad de comer, de alimentarnos para vivir, se va convirtiendo en una combinación de hábitos y rituales que no siempre refuerzan esa sabiduría con la que nacemos. Somos seres de costumbres y si hemos de adquirirlas, revisemos un poco la conciencia sobre ellas.

Hambre física y emocional
Cuando tienes hambre, ¿sabes de qué es? Me refiero literal y metafóricamente. Si tienes frente a ti un plato de lentejas, en vez de comenzar con la hipnosis cuchara-boca, ¿te has preguntado alguna vez si realmente quieres comer eso? Tuve una paciente hace años que me dijo un día: "Hace tantos años que cocino lo que a mi papá le gusta, que ahora que ha muerto, no tengo idea de qué me gusta a mí". Comer sin conciencia es desperdiciar la comida. Es perder la oportunidad de disfrutarla y por lo tanto de agradecerla. Dar por sentado lo que comemos puede ser una más de nuestras actividades automáticas del día.

Y cuando me refiero a "de qué tienes hambre", también pienso en el hambre emocional, porque cuando comemos compulsivamente, estas dos sensaciones están completamente fundidas una con la otra. Sentimos una opresión en el pecho y la boca del estómago, y llamamos a esto hambre, pero si desayunamos hace dos horas, es difícil que la sensación sea de necesidad de comer. ¿De qué tienes hambre realmente? ¿Qué sentimientos rondan por tu corazón cuando abres una bolsa de pasitas con chocolate?

Hacernos esta pregunta antes de comer tiene dos ventajas: nos permite explorar lo que está detrás de la inmediatez de la necesidad. Si descubrimos que el hambre es física, después podemos preguntarnos qué queremos comer. Hay alimentos más accesibles que otros, porque se encuentran en cada miscelánea y tienen envolturas llamativas, aunque el contenido deje mucho que desear. Estos alimentos son llamados por Geneen Roth "alimentos invitadores". Es muy probable que no los comeríamos si no los viéramos, y seguramente nos dejarán insatisfechas emocionalmente, igual o peor que antes de abrir la bolsita. Entre estos existen algunos, que además de accesibles tienen aditivos del sabor o conservadores que son adictivos y nos empujan a seguir comiendo y tal vez a seguirnos con mucho más. A estos les he llamado yo "alimentos disparadores o alérgicos", porque genera una reacción negativa en el cuerpo, y una vez empezando, necesitamos una enorme dosis de acopio para detener el abuso o exceso.

Para cada persona los alimentos disparadores pueden ser diferentes, aunque existen algunos comunes. La próxima vez que pases por una miscelánea, puedes hacer la prueba. Compra algunos productos y observa qué reacción te producen, por ejemplo los Sabritones o los Chetos, o las galletas Oreo con cubierta de chocolate blanco, entre otros. Están también los que Geneen llama 'alimentos arrulladores'. Son aquellos que además de alimentarnos, nos evocan recuerdos maravillosos: tamales hechos a mano, batidos con rajas en la Candelaria, espagueti con crema del rancho, pozole el Día de Muertos, elotes recién cortados con mantequilla, buñuelos en las posadas, arroz con champiñones y queso en los cumpleaños, nevado de limón, Carlota de rompope, etcétera. Generalmente son alimentos preparados por alguien en especial, en ocasiones únicas, difíciles por lo tanto de repetir, pero al mismo tiempo que satisfacen el estómago, llenan el alma. Generalmente no necesitamos una dosis enorme de ellos, son tan especiales que con poco basta. ¿Alguna vez después de un maravilloso atardecer has necesitado que el sol repita su odisea? El espectáculo nos deja tan extasiados que la dosis es suficiente (cuando menos hasta el día siguiente).

Comer con conciencia
Después de distinguir que tu hambre es física, siéntate a comer. Exceptuando los tacos parados y los brindis con bocadillos, nadie nos invita a comer a su casa de pie. Nadie nos pone frente a la estufa y nos dice: "Sírvete y come". Sentarnos a la mesa es una costumbre que nos reúne, nos permite circundar el cariño de quienes compartimos los alimentos. Comer sentados nos permite tomar conciencia de lo que hay enfrente, mirar a los ojos a los otros y decir: "Salud, buen provecho".

Hace algunos años, cuando alguien quería ir a ver un partido de fútbol en alguna cantina o bar, buscaba los que específicamente ofrecían este servicio. Ahora, no hay restaurante, cuando menos los no muy elegantes, que no tenga una televisión. Y si está algo tan morboso y desafortunado como Big Brother en la pantalla, mejor. Así, nos sentamos a comer, pedimos entre voces televisivas y empezamos con los ojos pegados al programa, y cuando terminamos, tal vez no recordemos si el plato era de pollo o de pescado, si trajeron la sopa o el postre. Comer frente a la televisión nos rompe la intimidad y nos impide distinguir entre el sueño y la vigilia. Los anuncios están diseñados para consumir lo que haya enfrente. Así, los muebles del comedor y la sala ahora se acomodan para que la televisión ocupe el primer lugar, y los comensales, en vez de mirarse unos a otros, miren todos en la misma dirección.

Algo parecido sucede cuando comemos en el automóvil. La bolsa de pepitas o cacahuates

aparece dos días después y no podemos recordar si fuimos o no los que las comimos. Atender el tráfico, la música, las discusiones y la cartulina que tenemos que comprar en el camino a casa para el trabajo escolar de los niños, no nos permite atender los cacahuates, aún después de digeridos.

Respetando el hambre
Come solamente y siempre que tengas hambre. El hambre es una voz sagrada de supervivencia. Saber cuándo tenemos hambre y de cuánto también nos permite explorar el hambre de amor, de sentido, de aventuras, de reflexión, de descanso. La misma línea que marca el hambre marca la satisfacción, si lo volvemos a permitir, como cuando niños. Quiero y basta son dos palabras indispensables para reaprender en este tiempo, en que la confusión posmoderna parece empeñarse en arrancarnos la posibilidad de satisfacción. Querer, querer y querer más nos lleva a no saber cuándo ni cuánto.

Come cuando comas. Camina cuando camines, duerme cuando duermas. Pon atención a lo que estás haciendo para que no pierdas el instante, que es, de hecho, lo único que tienes.

Generalmente comemos mientras pensamos qué haremos en la tarde. Hacemos las cosas de la tarde planeando la cena con los amigos. Estamos con los amigos mientras recordamos la conversación del día anterior con nuestra vecina. La conciencia del presente enriquece cualquier actividad. Cortar una zanahoria puede ser divertido y pleno si observo su color y su textura mientras lo hago. Sólo no estando donde estoy es que la vida se vuelve aburrida y cansada, o se dejan de disfrutar los momentos más exquisitos, en aras del ayer o del mañana, por completo inalcanzables.