Alimento y Amor Presentación

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La autora comparte su experiencia como comedora compulsiva, y comenta que la comida se pega al amor y buscamos que sea su sustituto, a como de lugar.

Alimento y Amor

María del Carmen Fernández Espinosa*

He sido invitada a participar con esta columna porque, probablemente como tú, conozco el camino de la adicción a la comida y pude salir de él. Así, a mi vez te invito a que completes estas palabras con tu propia historia, si al leerlas te parecen conocidas, si eres alguien que padece el problema, o si acompañas a otros en este proceso.

Puede resultar confuso que hablar de adicción a la comida tenga un título como "Alimento y amor". Las razones son que la adicción nos separa del amor y del verdadero alimento; nos confunde la verdad y nos aísla de los demás. Sin embargo, aclararé porqué no podemos acercarnos a este problema si no mencionamos estas dos palabras juntas.

El alimento y el amor nacen juntos. Primero, porque el acto de sembrar, cuidar lo sembrado y cosechar son actos amoroso, ya que traen vida de por medio. Segundo, porque la primera experiencia que tenemos al nacer es la de ser alimentados, o así debiera ser. Para nosotros esto equivale al amor. Hayamos sido o no alimentados con amor.

Y es por eso que éste es uno de los temas principales de la adicción a la comida. Que la comida se pega al amor y buscamos que sea el sustituto, a como dé lugar. Comer, además de hacernos vivir, nos recuerda la paleta que nos daban cuando nos caímos de la resbaladilla; el chocolate caliente que preparaba nuestra abuela los domingos en la noche, antes de ver un programa en la televisión, todos en familia, cuando tal vez papá se sentaba con nosotros por única vez en la semana; los buñuelos que comíamos en las posadas... Y así, comer se va sumando a nuestros recuerdos, endulzándolos. Pocas cosas hay más bellas que recordar el amor y los buenos momentos con otros.

Quisiera compartir contigo algo de mi historia, que fue el primer impulso que me inspira hoy a escribir estas palabras. Provengo de una familia disfuncional, hija de un alcohólico, y mi tema con la compulsión con la comida empezó a los 16 años. No era un tema conocido en mi casa, nadie estaba a dieta ni se preocupaba por ello. Comíamos bien, hasta quedar satisfechos, y nunca nos preocupábamos si la cantidad era excesiva. Dejábamos de comer cuando ya no teníamos hambre.

Por eso fue más difícil para mí entender el largo camino que tuve que recorrer para salir del infierno de la adicción. En mi familia, que alguien empezara a comer a escondidas, en forma compulsiva, desordenadamente, era incomprensible.

Nadie sabía que como hija parental de un alcohólico, tenía una fuerte tendencia a desarrollar una adicción a la comida, porque buscaría poder anestesiarme con algo aceptado y que no me distrajera mucho de las obligaciones que mi sistema familiar o yo, habían impuesto.

Cuando empecé a subir inexplicablemente de peso (inexplicablemente aunque empecé a comer galletas por kilo y sin hambre), primero pensé que el problema era hormonal, fisiológico, y busqué la solución allí por algunos meses o años.

Fue después de mucho tiempo que comprendí que estaba poniendo kilos de grasa para mantener tapados todos los conflictos que en mi familia se vivían. Un divorcio necesario, el cambio de casa que eso conllevó, la falta de comunicación sobre lo que sentíamos, la confusión en los roles familiares... era mucho más fácil para mí preocuparme por unos kilos que por mi corazón, por mi miedo, por mi enojo.

En ese tiempo, hace 20 años, el problema no tenía propiamente un nombre. Ni médicos ni psicólogos entendían o manejaban la adicción a la comida.

Fueron años después que la presión social por la delgadez destapó el problema cuando se reconoció su importancia y la necesidad de su estudio.

La comida desafocó para mí los verdaderos problemas. Me permitió entrar en una fantasía engordo-adelgazo-y-entonces-seré-feliz, que me pospuso estar consciente de lo que era realmente importante. Tardé muchos años en entender y luego en manejar esto. En poderme decir la verdad, y así validar lo que realmente me pasaba.

La comida nos confunde aún en las palabras: decimos no te preocupes en vez de no me gusta, decimos no importa en vez de estoy enojada, decimos no pasa nada en vez de no puedo más.

Como no hay gordos anónimos se nos nota el sobrepeso. Pero pocos saben que ese sobrepeso es metafórico y literal. Cargamos de más en nuestra casa, y necesitamos más peso físico para aguantar el peso emocional.

Hasta que descubrí y repartí el peso emocional que no me correspondía, mi cuerpo me permitió volver a nutrirme de lo que necesitaba y no anestesiar lo que hacía falta.

La adicción a la comida es de las adicciones más aceptadas y complejas, pienso yo. Porque es difícil que los demás la cataloguen como tal, y porque no podemos vivir sin comer.

Nos las vemos con nuestra adicción varias veces al día, y despreciar la comida que otros nos ofrecen parece ser un insulto directo al corazón. Así, descubrir qué tapamos con chocolate o qué posponemos con pasteles requiere una verdadera revolución interna, que implica una revisión de la autoestima, el manejo que hago de los sentimientos, la sexualidad, la familia, la presión social que impone un peso determinado, las creencias sobre la comida, y otros temas.

Las preguntas que yo me hacía constantemente, nacían básicamente de mi confusión:

¿Que no soy inteligente?
¿No tengo fuerza de voluntad?
¿Esto tendrá un final?
¿Llegaré a pesar 130 kilos o más?
¿Cambió mi metabolismo?
¿Nunca más seré delgada como antes?
¿Esto es un castigo?
Y si lo es ¿qué hice para merecerlo?

Porque comer de más pareciera más cerca del pecado que de la enfermedad. Pareciera que por comer de más perdemos el derecho a ser felices, a cuidarnos en otros ámbitos, que la comida compensará todas nuestras carencias, y por lo tanto, no merecemos nada más. Sólo el castigo de engordar.

Y la sociedad ciertamente nos castiga.

Las tiendas de ropa no pasan de talla 9, y pedir una más grande genera desconcierto y enojo en los dependientes. La moda está hecha para mostrar huesos, o carne muy específicamente acomodada, y si es de silicón, mejor, así será diseñada por computadora.

El castigo de la sociedad es constante y en voz alta.

Pareciera que sólo las mujeres delgadas pueden ocupar puestos directivos, viajar en primera clase, tener Gold Card, usar cosméticos caros, estrenar un coche.

¿Alguna vez has visto un anuncio que muestre una mujer con 20 kilos de más en una playa? Ni lo sueñes. Sólo los cuerpos delgados merecen ser expuestos al sol en bikini, y un bronceado perfecto sólo luce en talla 7.

Así, la adicción a la comida se ha vuelto un estigma y al mismo tiempo un gran, un enorme negocio. Los productos para adelgazar se venden al precio que sea, porque quienes queremos adelgazar lo pagaremos. Yo podía dejar de poner gasolina en mi coche y viajar en autobús, pero no dejar de comprar el último producto que me prometía ser bella y delgada otra vez.

Entonces, una adicción con todo lo que conlleva, se convierte en tema de café entre las mujeres, y pierde con eso el respeto que requiere para su recuperación.

Son muchos los temas relacionados con la adicción a la comida. Querer resolver el problema con una dieta o con el castigo sistemático no hace más que empeorarlo.

De hecho, no existe UNA solución, resolverlo es resultado de la suma de varios procesos. Como en un cuarto oscuro, se muestra cuando hemos trabajado aparentemente a ciegas en diferentes áreas de la persona, y poco a poco, la comida como anestesia se va retirando para devolvernos la conciencia en comer y en lo demás también.

Si la solución, la compleja solución fuera una mesa y tuviera tres patas, estas podrían ser:

1. El manejo de los sentimientos. Por una parte está el impacto de los eventos y la forma en que reaccionamos ante ellos. Es decir, cómo nos relacionamos con los demás y por lo tanto, qué tanto recurrimos a la comida como "colchón de aire emocional" lo que está íntimamente relacionado con la cantidad y la calidad de comida que ingerimos; un chocolate puede curar cualquier decepción, y luego nos envuelve en el laberinto de culpa que necesitamos para olvidar que el problema tiene que ver con otro. Por otra parte, está el atender el miedo, el enojo, la tristeza, el afecto, la alegría, y poder expresarlos sin distorsión, exageración o represión, nos permitirá comer de forma más consciente y sensata.

2. Los hábitos alimenticios. Es necesario poder usar la comida sólo como alimento; sucumbir a las papas fritas y los refrescos todos los días, nos complica la recuperación. Los conservadores y los aditivos también incurren en la química de nuestro cerebro, excitándonos o deprimiéndonos, y por lo tanto, distorsionando nuestras reacciones emocionales.

3. La forma en que nos alimentamos en otras áreas, además de la comida. Dedicar la tarde a ver telenovelas con galletas y café genera una inercia difícil de romper. Se nos acaba el café y nos sobran galletas, se nos acaban las galletas y nos sobra café. Y en esta necesidad de que se acaben las dos cosas al mismo tiempo, el azúcar refinada, y la harina hacen su trabajo. ¿Cuál es nuestra pasión en la vida? ¿Con quiénes compartimos cosas importantes, profundas, que nos permiten creer que esta vale la pena? No sólo de pan vive el hombre.

Este camino no es fácil. Pero tiene salida. Y de la mano de alguien más puede resultar una experiencia rica y profunda.